‘El juego del calamar’ enciende la luz roja en las escuelas

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Serie ‘El juego del calamar’. Esta ficción divide a la sociedad entre quienes creen que hay «demasiado alarmismo» y quienes piensan que «frivolizamos la violencia»

El juego del calamar‘ es la serie de moda de Netflix y hasta se ha convertido en la más vista de la historia de la plataforma porque ya supera los 117 millones de visualizaciones y esta cifra sigue creciendo. En esta ficción, cientos de jugadores con problemas económicos aceptan una invitación para competir en juegos infantiles. Dentro, les esperan un tentador premio y desafíos letales.

Hasta aquí, atendiendo solo a su sinopsis, podría ser una serie más de tantas que se convierten en tendencia, pero el problema llega cuando su audiencia no es la que se esperaba. Ya lo advierte Netflix: esta cinta es apta para mayores de dieciséis años porque contiene escenas de miedo, angustia, violencia, sexo y suicidio. Pese a eso, se ha convertido en el tema de moda en los patios de colegios e institutos, incluso en muchos llegan a emular sus juegos. Esta situación ha obligado a tomar cartas en el asunto a numerosos centros escolares.

«Sabemos que muchos niños la han visto y, al preguntarles cuándo, explican que con sus padres», señala la directora del gijonés Miguel de Cervantes, Ángeles García. En su caso, está hablando de pequeños de entre seis y doce años y, sí, ellos también la comentan en clase.

Sorprende que esta serie alcance edades tan tempranas y el fenómeno aumenta según van creciendo, como ocurre en el IES de La Corredoria. «Hay una frivolización de la violencia», considera Francisco de Asís Fernández, su director. Allí, han visto cómo sus alumnos incluso emulaban algunas prácticas como ‘bola de cañón’, en el que «uno se hace el muerto y otro coge carrerilla para empujarlo», explica. «Que los chavales vean tanta violencia gratuita hace que la reproduzcan y que no entiendan lo que está mal», asegura.

 

Con él, coincide la psicóloga Sandra González. «A mí lo que me inquieta es la crueldad, y la crueldad tiene que ver con la falta de empatía», indica. «No podemos exponer a un niño de seis años a esto. Un adolescente puede ya discernir entre ficción y realidad, pero un crío pequeño, no», prosigue. Para ella, «no se trata de prohibir», pero cree que los padres «deberíamos poder parar estos objetos de consumo y cumplir las edades que marca Netflix», opina.

Muchos padres, sin embargo, se habrán enterado de que sus hijos han visto ‘El juego del calamar’ a posteriori. En tal caso, la pedagoga Nerea Riveiro recomienda «eliminar la culpa» porque hay solución. «Debemos aprender de esta serie», apunta ella. «Les diría que la vieran, al menos el primer capítulo, porque no puedes decirle a tu hijo que no la vea porque no. Tienes que darle una justificación para que lo entienda», explica.

Luego, toca dialogar. «En la serie, muestran al anciano y a la mujer como personas débiles, pues se les pueden trasladar esas situaciones a su día a día. Hay que ayudarlos a analizar lo que han visto», señala. Para ella, esta ficción no debería consumirse hasta los 18 porque hay «sexo explícito, violencia y ludopatía. Esos temas no tienen que ser tabúes, pero tienen que tratarse de forma saludable y gestionada por un adulto», señala.

El sociólogo Germán Hevia, por su parte, pone calma a esta situación. «Creo que está habiendo demasiado alarmismo con respecto a esta serie», adelanta. «No creo que haya relación entre contenidos violentos y que luego los chavales intenten emularlos. Está demostrado que el uso de videojuegos en niños y adolescentes no conlleva actitudes más agresivas, todo lo contrario», señala. Y, en cuanto a prohibir en algunos colegios españoles este disfraz en Halloween, él no le encuentra mucho sentido. «Habrá que preguntar por qué prohíben este y no los de otros personajes que son iguales o peores», lanza.

Más allá de ‘El juego del calamar’, la realidad es que niños y adolescentes pasan mucho tiempo entre pantallas y consumen todo tipo de contenido. De hecho, la media de edad de empezar a ver porno se sitúa en los doce años. Pero este sociólogo cree que la clave no está en más control, sino en «enseñar a manejarse en estos entornos virtuales».

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